La travesía


Los sábados nos juntábamos para un almuerzo temprano en el departamento de dos ambientes de parque Chacabuco. Hernán me torturaba con comidas que el inventaba, donde no faltaba especias mal misturadas, cuando no, se le ocurría platos agridulces que eran un suplicio. Lo regábamos con algún tinto que comprábamos de forma conjunta en el almacén de Vicente. 

-mientras sea un tres cuartos no hay problema-, decíamos. 

Y si no nos alcanzaba, Hernán se ponía a despotricar contra el sistema capitalista, le hablaba de plusvalía y del proletariado a Vicente que impasible nos señalaba un cartel de "Hoy no se fía y mañana tampoco" 

En esos años, se tenía  compañeros políticamente hablando o amigos, según el compromiso social que cada uno tenía, Hernán cumplía los dos requisitos para mí. 

La travesía continuaba, con un viaje en el Fiat 600 verde militar, de Hernán. El color no le gustaba para nada pero era un obsequio de su padre, le pego una calco en el paragolpes "yo no secuestre a nadie" cosa que causaba mucha gracia, ya que viajar en el asiento trasero era cosa casi imposible, Hernán pesaba aproximadamente 115 kg..

De parque Chacabuco a Barracas le poníamos unos 30 minutos, nos gustaba ver las caras de los ocasionales acompañantes, no era fácil entrar por primera vez a un neuropsiquiátrico. Y el Borda mete miedo a cualquiera.

La entrada, una escalera que lleva a la nave central con su blanco pálido, deteriorado por donde se lo mire. Los demás pabellones en el interior no variaban mucho su fisonomía, si no para peor. La falta de algunos vidrios en las ventanas que eran reemplazados por bolsas de consorcio negras le daba el aspecto de un edificio desdentado, que sonreía a la cordura que uno intentaba dejar de lado para comprender la locura del sistema. 

Luego de trasponer la puerta de ingreso un flaco de seguridad al que le heredaron el uniforme de alguien que seguro pesaba 15 kilos más que él. Nos pedía que diéramos nuestros datos a un colega que en un escritorio destartalado y con marcas de quemaduras de cigarrillos que siempre me dio la impresión de parecerse piano. El porto ya nos conocía y sabía que veníamos a la radio abierta que funcionaba en el patio del hospital como una de las tantas terapias de inserción. 

Siempre me pareció que hay lugares que comparten la misma temperatura fría todo el año, las escuelas, las guardias de los hospitales y el Borda. 

Nuestras visitas a la radio de los internos así como al proyecto que teníamos por delante de reactivar una panadería que funcionó en el lugar hace una década atrás, nos ocupaba gran parte de los sábados; siempre en el marco de inserción laboral de los internos que poseían algún conocimiento previo, que no eran pocos. Conocimos muchos casos de tipos de un día para otro volcaron, la cabeza giro y ya dejaron lo que era una vida común y corriente para entrar en ese espiral difícil de comprender, si no se dispone de ganas y presupuesto, dos elementos que se olvidaron al momento de la creación de este hospital. 

Camine un poco para buscar la panadería que era el único lugar donde  podías disponer de un baño relativamente limpio. Al llegar al portón de ingreso al sector, el candado me dio la novedad que debía consolar a mi esfínter con una promesa de retirada en una hora. 

Elegí uno de los bancos anchos de cemento fríos y sin respaldo que rodea el patio, miraba el picadito que juegan internos, médicos y visitantes de los internados, que me recordaban a los partidos en mi niñez, donde todos corren tras la pelota sin respetar la posición que tendrían en un partido normal. 

Unos bancos más allá un tipo de unos cuarenta años sentado de espalda al encuentro miraba el alto muro, de tanto en tanto se paraba daba unos pasos hacia el muro y volvía sobre sus pasos a sentarse otra vez.          - Otro que piensa en saltar la infranqueable muralla de 3 metros pensé. 

Me acerque para convencerlo de lo imposible de su idea, le ofrecí en silencio un cigarrillo, acepto de buena gana el convite. Me senté a su lado mirando el muro también. Y la vi. 

Había una puerta dibujada, supongo que con un trozo de ladrillo por el color rojo de los trazos. No le faltaba ningún detalle a aquella puerta. Tenía picaporte, cerradura y bisagras. La proporción era la correcta, un calco de una puerta real, un artista la habría dibujado, no me sorprendió mucho, vi el talento de muchos de los internos en otra visitas. 

-¿La dibujaste vos? Le pregunté. 

-Imposible, me respondió, no soy Dios para hacer esa clase de milagros. 

-¿Dios? Que tiene que ver el con una puerta dibujada en un muro?.

-¿Vos ves un dibujo? Yo veo la salida ahí. Ese es el problema que tienen los de afuera, me dijo. 

-Explícame un poco más eso, porque no entiendo. 

-Ves, necesitas que las cosas sean lo que te dijeron que debían ser, y cuando algo no cuadra en esos -parámetros necesitas que te lo expliquen. Esa es la salida. 

-La salida de este lugar. 

No estaba en mis intenciones dejarle pasar esa forma de hablarme como subestimándome. 

- Y si es la salida ¿por qué no te vas? 

- Lo estoy pensando, me respondió. 

- No te animas. Lo increpe. 

- No es eso,... Es que ya no recuerdo que hay allá afuera que pueda ser interesante, no creo que allá alguien esperándome. Acá las cosas no son tan malas como se piensan. 

A esta altura me daba cuenta o creía darme cuenta que a los internos les pasa lo mismo que a los presos, pasan tanto tiempo tras las rejas que ya no saben cómo volver vivir afuera y no quieren salir por ese motivo;  les da miedo. 

Mire mi reloj, mientras buscaba algún cigarrillo para dejarle a mi ocasional amigo. Me despedí con un movimiento de cabeza. 

Di unos pasos y mientras le daba la espalda le dije voy a salir por donde entre, aunque si usará tu puerta me quedaría más cerca el auto, lo dejamos estacionado del otro lado de este muro. Y me reí para coronar mi ocurrencia. 

- Igual no podrías salir por ahí dijo te sería imposible salir.

Gire sobre mis talones, - Aaaaa te agarre entonces! Viste que solo era un dibujo como te dije? 

- Proba! o ¿tenes miedo?. Con un rostro apático.

Mi humor ya estaba en su peor momento y mis ganas de irme me decidieron a demostrarle quien sabe que al desconocido que me retaba. 

Mire a ambos lados para cerciorarme que nadie nos observaba. 

Con paso firme fui hacia el muro estire mi mano como quien toma el picaporte, y de forma imaginaria la abrí, inclinándome como quien hace una reverencia, - después de usted, le dije. 

- Muy amable! Hombre valiente y cortés y respondió con una reverencia similar. 

- Ya debo irme, tengo muchas cosas por recordar, dijo y miro su reloj que me resultó familiar. 

Ya no sentía las ganas de orinar que tanta presión me causaban, mi mal humor había mutado en un estado de extraña calma sin tiempo. 

Vi mis pies cubiertos por unas viejas alpargatas, uno de mis dedos asomaba por un agujero, no parecía mi dedo pero podía moverlo y me divertía hacerlo. 

Me senté en el banco, lo vi alejarse bien vestido, con un paso enérgico, seguro; me pregunte que sería sentir frío o calor, no lo recordaba, solo tenía puesto aparte de las alpargatas un jogging gastado y una camisa. Estaba cómodo. 

Lo oí decir como despedida, - amigazo una puerta de salida también es una puerta de entrada, y para salir de un lugar antes hay que entrar. Esas son las normas de tu mundo. ¿O no?.- 

Me alegro ver a Hernán que venía a despedirse, siempre es agradable su rostro barbudo y su sonrisa de Santa Claus que le achinan los ojos. 

- La semana que viene, vengo y te traigo una campera, pero úsala, te vas a resfriar si no te empezas a abrigar. 

-Hernán, antes de irte.... ¿No me das un cigarrillo? 



A Mondria 

y sus molinos de viento. 

26/07/18


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